Artabán, la leyenda del cuarto Rey Mago

Antropología/Leyendas

Santi García (05/01/2019 10:35)

Muchas son las leyendas que siempre hemos escuchado acerca de los Reyes Magos de Oriente y su presencia en el Nacimiento de El Mesías. Y muchas más acerca de las posibles explicaciones antropológicas, arqueológicas o históricas acerca de la posibilidad de su existencia o simple fantasía justificadora a hechos consumados ante un cristianismo en auge tras el Concilio de Nicea allá por el 325 dC.

Lo cierto y verdad es que tanto evangelios canónicos como apócrifos hablan de estos magister, de estos mággi o maestros que iniciaron un largo viaje hasta llegar a Belén en busca de una destellante Luz, un astro o una estrella fugaz que les llamó su atención hace más de dos milenios.

No vamos a entrar en las figuras históricas de estos personajes, ya que estaríamos hablando de científicos de la época que conjugarían diferentes especialidades, desde la astronomía, la alquimia o la propia historia con mayúsculas. En el artículo que hoy presentamos vamos a referirnos a la posibilidad de que fueran más de 3 maggi, de hecho debieron ser muchos, pues el número 3 responde a un número mágico religioso asociado siempre a la figura de la Trinidad y, antropológicamente hablando, a las 3 razas conocidas en el orbe del próximo oriente.

Es cierto, existe una larga tradición oral por la que se habla de la posibilidad de, al menos, un cuarto maggi procedente de Persia y que entregaría al recién nacido los frutos de la tierra, de la Madre Tierra concretamente: zafiro, jade y rubí, las piedras preciosas más codiciadas por el ser humano.

Esta tradición se remonta al menos al imperio bizantino (siglo V o VI dC) y fue el germen para que, a finales del siglo XIX, el teólogo presbiteriano estadounidense Henry Van Dyke publicase un cuento infantil titulado The other wise man, conocido en España como El otro rey mago (1896), al que llamó Artabán. Este libro ha sido la base para que en los últimos 122 años se haya estado hablando de este cuarto rey mago, pero olvidando por completo su origen histórico.

El libro recoge, como hemos comentado, una larga tradición oral en donde se puede interpretar que ese cuarto rey mago «representaría» al hombre, al ser mundano, es decir, a cada uno de nosotros. Mientras que los tres Reyes Magos «canónicos» representaban de una forma más o menos idealizada las 3 grandes regiones y razas de la Tierra conocida y mostraban como regalos los productos más característicos de sendas regiones (oro, incienso y mirra), el cuarto no estaba para nada idealizado y representaría el materialismo puro del mundo y, en última instancia, la importancia de los valores (bondad, tolerancia, solidaridad) por encima de ese materialismo que todo lo corrompe. En este sentido simbolizaría, además, el proceso de salvación para la vida eterna cristiana que todo ser humano debe experimentar, así como representar, a su vez, a la región de Persia y sus gentes dejada de lado por los textos tradicionales.

Fascinante, ¿verdad? Pues la leyenda no lo es menos y nos habla de ese rey mago que se perdió y no llegó a tiempo para ver el nacimiento del Hijo de Dios en Belén.

La leyenda

Nos situamos en diferentes puntos del orbe conocido y, a diferencia de algunos textos, esta leyenda nos sitúa a los 4 maggi separados por bastantes kilómetros y comunicándose entre sí mediante mensajeros. De esta manera descubren la famosa constelación que los conduciría a Belén y deciden quedar todos en un punto en común para ir, desde ahí, todos juntos a presentarse ante el Salvador.

Melchor, el más mayor, vivía en la zona más oriental de Europa; Gaspar procedía de Asia; Baltasar, el más joven, de un país africano; y Artabán, de la zona de Persia. El lugar elegido para el encuentro es el Zigurat de Borsippa (Mesopotamia). Los cuatro reyes magos calcularon sus rutas y trayectorias para encontrarse en este lugar, y cada uno salió en diferentes días para coordinar todo el proceso. Artabán era el que más cerca estaba y por eso salió el último, aunque con tiempo más que suficiente. El problema fue que en su periplo se encontró con algunas sorpresas no previstas.

El primer imprevisto fue que se encontró con un vagabundo al que le habían robado todo y apaleado, que llevaba días sin probar bocado. Ante este hecho, nuestro protagonista le dio el diamante que tenía para dárselo al niño nacido en Belén. Este hecho lo detuvo durante 2 días. Cuando llegó al punto de encuentro no había nadie y, a pesar de que estuvo esperando algunos días en el lugar, nadie apareció, por lo que decidió seguir su camino él solo.

El siguiente inconveniente que se cruzó en el camino de Artabán fue ante un soldado del Rey Herodes que estaba a punto de matar a un bebé. Para evitarlo le convenció dándole el rubí que tenía también destinado para Jesús. Esto fue observado por otro soldado que, ante tal hecho, apresó a nuestro mago y lo encarceló, tras un largo juicio, durante 30 años.

Cuando obtuvo de nuevo la libertad se enteró de que a ese niño al que nunca pudo conocer lo iban a crucificar; entonces se apresuró para poder llegar a conocerlo. Pero en su último viaje se topó con un hombre que estaba a punto de vender a su hija para poder dar de comer a su familia. Para evitarlo le ofreció la piedra de jade que tenía preparada para Jesús. Esto lo retuvo el tiempo suficiente para no ver a Jesús antes de morir.

Pero éste no es el final: a los 3 días se cruzó con un ser venido de entre los muertos (Jesús) que le dio las gracias por la ayuda que le había prestado, que a cada persona que había ayudado había ayudado a él mismo y que era hora de partir. La última vez que se vio a Artabán fue de la mano del Mesías, justo antes de fundirse en el cosmos como una nueva constelación destinada a guiar a los seres humanos a encontrar a Dios.

Como podemos apreciar se trata de un texto cargado de connotaciones religiosas pero con un trasfondo antropológico muy importante: y no es otro que la búsqueda de la humanización de los reyes magos de oriente. Muchos hablan de que Artabán está oculto en cada uno de todos nosotros, y que gracias a él nunca se perderá algo que la misma Pandora hubiera matado por obtener: la esperanza.

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