Color y terror sobre el cielo de Valencia

5 de marzo de 1764

Xus JC (04/03/2019 22:40)

En el anochecer del cinco de marzo de 1764, los habitantes de Valencia se vieron sorprendidos cuando, al alzar su mirada hacia el cielo, pudieron ver como en éste se dibujaban extrañas combinaciones de colores. A pesar de la enorme belleza del espectáculo, es muy probable que el desconcierto, y tal vez el temor, hicieran presa en la población, en su mayoría desconocedora de que aquello era tan sólo el resultado de un fenómeno natural; eso sí, muy poco frecuente en el sur de Europa.

Hubo al menos uno entre los habitantes de la ciudad valenciana (obviamente habría más) que sí supo descifrar cuál era ese fenómeno natural: Manuel Rosell, autor del relato Aurora boreal observada en Valencia. En éste detalla lo sucedido aquella noche y analiza, con los conocimientos científicos de la época, las características de este fenómeno, las auroras polares, frecuente en zonas del planeta próximas a los polos, pero poco recurrentes en latitudes más alejadas.

«Amigo, retirandome à mi quarto en la noche del cinco de Marzo, à poco mas de las 8. y media, me sorprendió, el que sin haver antorcha alguna, estaba bastante claro con la luz que entraba por las ventanas; y como à aquellas horas no avia Sol, ni Luna, que pudiera ocasionarla (...)». Así es como Rosell inicia la descripción de la aurora polar que pudo observarse aquella noche sobre Valencia y que lógicamente tuvo que ser visible en una zona mucho más amplia. Hoy sabemos que las auroras polares, conocidas como boreales cuando se producen en el hemisferio norte y australes cuando lo hacen en el sur, se producen por el contacto de partículas solares con la atmósfera. Este contacto se produce siempre en ambos polos y por ello el fenómeno es visible en zonas próximas a éstos. Cuando el flujo de energía proveniente del sol es mayor de lo habitual, el fenómeno puede ser visible desde latitudes más cercanas al ecuador. Esto lo sabemos hoy, pero en 1764 la cosa no estaba tan clara.

Los argumentos expuestos por Manuel Rosell para explicar la naturaleza del fenómeno pueden parecer ridículos en la actualidad, pero sería muy injusto despreciar el esfuerzo que hace a lo largo de todo el documento para combatir las creencias y supersticiones que había aún en aquella época en torno a fenómenos meteorológicos, astronómicos, etc., e intentar encontrar una explicación científica y racional. Cualquiera que se tome la molestia de leer el texto comprobará que no logra dar con la explicación correcta, pero también que no contempla en modo alguno incorporar hipótesis fantásticas o sobrenaturales; todo ello a pesar de su condición de presbítero.

¿El fin del mundo que no fue podría serlo hoy?

Con toda seguridad, la aurora observada en Valencia en marzo de 1764 provocó el pánico en gran parte de la población, todavía tendente a recurrir a explicaciones sobrenaturales. No es difícil imaginar a muchas personas metidas en sus casas, probablemente rezando, temerosas de estar frente a un mal presagio o bajo la amenaza de algún castigo divino. Lo paradójico es que en aquella época este fenómeno no implicaba amenaza alguna y que, en cambio, en la actualidad sí podría provocar problemas preocupantes.

Una tormenta solar de gran magnitud, como la que debió originar la aurora polar vista en Valencia en 1764, es una amenaza para nuestra sociedad actual, totalmente dependiente de la tecnología. Ésta, a diferencia del ser humano o de cualquier otro ser vivo, sí podría verse afectada, por lo que se podría producir un apagón tecnológico de consecuencias imprevisibles. Resulta paradójico que nuestros conocimientos actuales nos alejen de viejos temores, pero acaben por proporcionarnos otros nuevos, aunque ahora mucho más fundados.

Volverá a suceder

De lo que no hay duda es de que la actividad solar, con sus ciclos, garantiza que esto volverá a suceder. El mismo relato de Manuel Rosell afirma que el diecinueve de octubre de 1726 se pudo observar una aurora polar en ciudades como Madrid, Lisboa, Cádiz, París, Nápoles o Varsovia, entre otras. También se tiene constancia de que en octubre de 1870, durante dos noches consecutivas (veinticuatro y veinticinco) y de nuevo en Valencia, se pudieron ver auroras polares. El 27 de octubre, dos días después, el Diario Mercantil de Valencia indicaba en su portada que «(...) Aquí, como en Madrid, se ha considerado por las gentes sencillas como el signo de grandes calamidades (...)».

Pero si hay un precedente inquietante, ése es sin duda el conocido como evento Carrington. Entre el 28 de agosto y el 2 de septiembre de 1859, una fuerte tormenta solar provocó que se vieran auroras polares incluso en Colombia, un país por el que cruza el mismo ecuador. En esa ocasión fueron las redes de telégrafo las que se vieron afectadas, por lo que la pregunta es inevitable: ¿qué consecuencias tendría un tormenta solar de semejante magnitud en una sociedad tan dependiente de la tecnología como la actual?

El pasado, como en tantas otras ocasiones, nos advierte acerca del futuro.

 

Todas las imágenes incorporadas corresponden a algunas de las ilustraciones que acompañan al relato de Manuel Rosell.

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