El árbol del infierno

Mitología

Santi García (27/11/2018 01:00)

Muchos son los mitos y leyendas que nos hablan del Inframundo y de las condiciones de vida en el lugar donde los no elegidos vagarán por toda la eternidad. Posiblemente a este «otro lado» le dedicaremos unos cuantos artículos observándolo desde diferentes culturas y civilizaciones, pero en esta ocasión centramos el tiro en uno de los frutos que, según la mitología grecorromana, sólo puede crecer y desarrollarse en el Hades. Éste no es otro que el Ciprés, un árbol que, por sus determinadas características, la humanidad lo ha relacionado durante miles de años con el infierno.

Es por este motivo, por ser el árbol que nace y crece en el mismo infierno por lo que los antiguos Romanos lo identificaban con la muerte y colocaban una pequeña rama de ciprés en la domus de quien había fallecido y estaban celebrándose las pompas fúnebres en su honor. Un árbol que no puede ser transplantado, que en el momento en el que es cortado muere irremediablemente. Tanto ha arraigado esta tradición en nuestra cultura que muchos ancianos actualmente y en determinados núcleos urbanos interiores llaman al fruto del ciprés «Calavera» por su gran parecido con esta parte de la anatomía ósea del ser humano.

Cuenta la mitología que sólo podía ser en el Hades donde se desarrollaría este ser vivo puesto que necesita muy poca agua para desarrollarse y porque aguanta perfectamente cualquier cambio térmico y de humedad, es un árbol perenne que no transmuta en todo el año. Relacionado con las divinidades del infierno y con el culto a Hades o Plutón. Se trata, pues, de un árbol relacionado con las regiones subterráneas del submundo.

El ciprés y los cementerios

A poco que nos demos una vuelta por algunas necrópolis contemporáneas entraremos en consciencia de que el ciprés es el árbol que se planta en los cementerios. La razón la podemos encontrar en esta relación con el inframundo que hemos comentado o, cómo apoya mi colega Antonio Florit, en la melancólica leyenda de Cipariso y el dolor por un ser querido perdido. Nos adentramos de nuevo en el terreno de la mitología en una historia tan entrañable como triste:

«En los campos de Cartea (Creta) había un ciervo al que las ninfas del lugar tenían por sagrado. No le faltaba de nada al animal, que con el paso de los años se había acostumbrado a corretear y pasear tranquilamente por toda la comarca sin que humanos, ni otros seres le atacasen; pues notable era su presencia. Sus cuernos brillaban como el oro; y colgaban de su torneado cuello collares de diamantes; una cinta de plata ceñía su frente, de la que pendían pequeñas perlas, que se movían graciosamente cuando se movía, a juego con las dos grandes perlas de sus orejas. El ciervo, sin temor, se dejaba acariciar de toda persona; pero sin duda, con quien más congenió, fue con Cipariso, el más hermoso de las gentes de Ceos, la antigua isla de Kea. El muchacho acompañaba al ciervo en sus idas y venidas, llevándole a los manantiales más limpios para beber y a los mejores pastos para comer; le hacía guirnaldas de flores que colgaba de sus relucientes astas y, a veces, montaba sobre su lomo para dormir después de una buena comilona. Cipariso había salido a cazar en compañía de su amigo el dios Febo Apolo. Divisó un bulto detrás de unos arbustos y lanzó contra el su jabalina. Cipariso corrió a ver la pieza que había acertado. El arma del guapo joven, que no había reconocido a su querido amigo, hirió de muerte al sagrado ciervo de las ninfas. Nada pudieron hacer ni Febo con sus conocimientos médicos ni Cipariso que lloraba desconsolado sobre el ciervo, deseando, él mismo, la muerte. Tampoco consiguió Febo sacar de la cabeza de Cipariso su deseo de morir. El agraciado joven quedó de rodillas, derramando lágrima tras lágrima, sobre el cadáver de su amado ciervo, pidiendo a los dioses estar de luto todo el tiempo. Agotadas todas las lágrimas, comenzaron sus miembros a tornarse de color verde y a crecerle el pelo que se le enmarañó y endureció; adquiriendo una gran altura desde la que podía mirar las estrellas desde su copa. Muy triste y apenado quedo Febo, por la pérdida de su amigo y, con voz honda y profunda pronunció estas palabras: “Luto serás desde este instante para la gente y consuelo serás de los dolientes”».

(Op. Vid Tyrana Campo, 2009)

De cada uno de nosotros depende sacar nuestras propias conclusiones y preguntarnos el origen de la relación del ciprés con el infierno. Tal vez no lleguemos a una conclusión certera, pero el increíble viaje que emprenderíamos nos mostraría la esencia de la evolución de nuestra sociedad: el conocimiento.

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