La iglesia de las Cabezas Cortadas

Arqueología

Santi García (29/10/2018 23:55)

A lo largo de mi vida como arqueólogo he tenido la oportunidad de vivir experiencias más que interesantes. He podido viajar al pasado en miles de ocasiones y, de una manera muy directa, ser el primero en apreciar, observar e intentar interpretar lo que mis sentidos estaban experimentando. En esta ocasión les hablaré de una de estas experiencias.

Corría el año 2.000 y formaba parte de una misión arqueológica organizada por el CSIC (consejo superior de investigaciones científicas de España) y la Escuela Española de Arqueología en Roma, en el centro de Italia, algo así como una especie de selección española de arqueólogos, en un intento de encontrar respuestas a la pérfida ciudad de Tusculum, ubicada en el Lazio, zona de Frascati, a muy pocos kilómetros de Roma.

Les pongo un poco en situación sobre la ciudad de Tusculum: se trata de una ciudad abandonada en época medieval y ultrajada por Pier Luigi Canina en el siglo XIX, un «arqueólogo» de la época relacionado con la Casa Real Italiana y que, atendiendo a los métodos de excavación de su momento, buscó y rebuscó en la Antigua Ciudad los «tesoros» escondidos que desde fines del medievo estaban inclusos en leyendas y en la tradición oral de Monte Porcio o Monte Compatri, los municipios entre los cuales se encuentra Tusculum. De no haber sido por este humanista e investigador la ciudad romana nos habría llegado en perfectas condiciones y estaríamos hablando de una especie de Pompeya en mitad de Roma.

Pero volvamos al tema que nos ocupa. Y ése no es otro que un hallazgo que a todos nos dejó los pelos de punta y a mí, arqueólogo poco experimentado en esos momentos, lleno de preguntas sin respuesta. Me refiero a una iglesia del siglo XII en donde se hallaron y pudimos documentar varias inhumaciones. Una iglesia construida sobre un mosaico del siglo I aC, bicromo (realizado con teselas negras y blancas) con cruces griegas y esvásticas repetidas en serie. Para nada esta decoración me llamaba la atención pues es muy usual en la construcción romana. Lo que me dejó totalmente descolocado en esa excavación fue lo que encontramos en una de las inhumaciones De la iglesia, que rompía el propio mosaico y que nunca había visto, hasta entonces: un esqueleto acompañado de varias cabezas cortadas y dispuestas una bajo otra. En concreto eran unas 10 cabezas cortadas pertenecientes a la época de amortización (de abandono) de la construcción medieval, con lo que nos encontrábamos en una tumba en la que teníamos 11 inhumados: 1 entero y 10 donde sólo estaban las cabezas.

¿Sorprendente? Para muchos investigadores supuso hacer correr ríos y ríos de tinta en donde se estudiaron cientos de hipótesis: desde la simple superposición de enterramientos hasta la de rituales de iniciación o transmutación. Lo cierto y verdad es que ninguna de las estas hipótesis podía sostenerse; bien porque cronológicamente los cuerpos coincidían en el tiempo (son de la misma generación), bien porque la morfología no correspondía con el mismo individuo (con lo que las teorías de que individuos alargaban su existencia desde la defunción de otros quedaba poco contrastada). Tras varios años de investigación se pudo corroborar lo que sucedió allá por el 1.278 en esta iglesia.

Como expongo eran muchos los interrogantes, pues con esas características no había más ejemplos en el área de excavación y mucho menos en la zona. Las elucubraciones las encontramos de muchos tipos, pero pudimos dar una explicación plausible, aunque llena de misterios, a esas cabezas cortadas y su sucesión. Para eso hemos de empatizar con un habitante del Lazio de finales del siglo XIII en donde la «magia» y la superstición estaban a la orden del día. Y por esto mismo hemos de entender que cuando un cuerpo dejaba de tener constantes vitales y, a diferencia de otras civilizaciones como por ejemplo la egipcia, el saber, el alma y la esencia del ser humano radicaba en la cabeza, en el cerebro... y por eso había que intentar conservarla a toda costa. El resto del cuerpo no era importante y, por ende, podía ser «reutilizado».

Aquello que tuve la oportunidad de excavar, esas cabezas, representaban el saber y el conocimiento transmitido de generación en generación en la zona en la que me encontraba. Y debió ser algo muy importante, pues todos los miembros estaban en el mismo marco cronológico. Tal vez fueran miembros de un grupo de traductores, de escribanos o de «científicos» cuyo saber debía seguir transmitiéndose en los años por algún motivo (supervivencia del pueblo o advertencia de un mal superior, nunca lo sabremos). Lo cierto y verdad es que se tenía la creencia de que en la cabeza estaba el SER de la persona, su alma, y bajo ningún concepto podía ser ultrajada o eliminada por nadie. De ahí que estuvieran en una perfecta disposición cronológica hasta 10 cabezas sin sus cuerpos, hecho que nos lleva a pensar en cuáles fueron las circunstancias vitales que llevaron a los encargados de hacer efectivos los ritos de inhumación de estas personas a conservar, como si de metales preciosos se tratara, lo que ellos consideraban lo más preciado del ser humano, esto es, su cabeza, en donde (y siempre según sus creencias) radicaba la esencia del ser y se mezclaba con el conocimiento adquirido, junto con la experiencia vital del humano representado en esa cabeza, en ese cráneo, en una tumba llena de interrogantes.

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