La casa encantada del cónsul

Leyenda en la ciudad portuaria de Cartagena

Santi García (03/09/2019 22:30)

Una de las leyendas que se hacen realidad en la ciudad portuaria de Cartagena es la aparición de la hija del cónsul Karl Fricke, en los años 20 del siglo pasado uno de los personajes más conocidos de la ciudad. Su mujer, de gran belleza, fue la más conocida... tras su muerte.

La que se conoce en Cartagena como la Casa del Cónsul fue una villa señorial de la Muralla del Mar situada en su extremo más cercano al Anfiteatro, marcada con el número 33 de dicha calle. El solar ocupaba 691 metros cuadrados, estando construidos 984, constando de planta baja y dos pisos y un jardín de palmeras a la izquierda.

El edificio original era de una gran belleza, un hermoso ejemplo de arquitectura hogareña burguesa, encuadrada en el eclecticismo y el modernismo decimonónico tan característicamente cartagenero de principios del siglo XX.

El proyecto del inmueble fue obra del arquitecto Francisco de Paula Oliver Rolandi. Fue construida para la familia Toulon Viso y es uno de los pocos ejemplares que actualmente se conservan de lo que era la zona preferida de extranjeros y cónsules, que eligieron el frente marítimo como punto privilegiado para vivir en Cartagena.

Como en otros tantos edificios, el mirador es el objeto más primoroso de la fachada. Por eso, el inmueble fue catalogado con grado de protección 3 en el Plan General de Ordenación Urbana, lo que obligó a respetar su fachada dentro de la nueva edificación que la «sobrevuela» actualmente.

Pero la verdadera importancia de este inmueble comienza sobre los años 20 del pasado siglo, cuando es adquirida por el cónsul alemán en Cartagena, Enrique C. Fricke. Un lugar ideal para las actividades consulares, comerciales y de espionaje. Se destinó la planta baja para estas diligencias, los pisos superiores como vivienda particular de Fricke y de su esposa, María Luisa Oliva Gutiérrez.

Desde allí, el cónsul podía controlar la actividad portuaria, conservando desde los años de la Gran Guerra el gusto por controlar los movimientos de los barcos. Los miradores eran la parte más interesante de la fachada y lo que daba a la casa un aire especial. Tenía toda ella un gran balcón que asomaba sobre la comba de piedra oscura de un edificio de cimientos mucho más altos que el paseo de la Muralla.

Mientras tanto su mujer convertiría esta casa en un gran centro social de Cartagena durante más de dos decenios. Karl Fricke y María Oliva fueron en los años 20 la pareja más conocida en los círculos económicos e intelectuales de la ciudad. Raro era el acto público donde no aparecía al menos uno de los dos destacando de una u otra forma, asidos del brazo de las autoridades y controlando la situación de toda la sociedad cartagenera.

María Oliva era una mujer corpulenta, voluptuosa y físicamente bien dotada, que se hacía querer entre el género masculino por su refinada frescura, su aire campechano, su zalamería y su carácter extrovertido, con cabello tirando a rubio, sedoso y abundante, y unos grandes ojos verdes. Era una mujer que resultaba, más que guapa, atractiva, y de personalidad arrolladora, marcada por un hablar desgarrado y callejero que contrastaba con su dulzura y serenidad. Poseía algunos bienes en Lorca, por lo que era considerada en la ciudad un buen partido. Estos atributos no pasaron inadvertidos para el cónsul, que conseguiría casarse con ella y formar una familia a la que pronto se incorporó un hijo que llenó de gozo a la pareja.

Tras muchos años de felicidad en la cúspide social, los malos tiempos llegaron: primero la horrible guerra civil y después la segunda guerra mundial. Para entonces Carlos Fricke Oliva tenía 19 años y la obligación de servir a la patria paterna, animado por su padre y haciendo oídos sordos a los ruegos de su madre, que intuía un fatal desenlace. Finalmente se alistó, marchó al frente ruso y allí murió, como tantos miles de alemanes en la mayor ofensiva del Ejército Rojo sobre Bielorrusia, durante el verano de 1944.

María nunca perdonó a su marido la insistencia de entregar a su único hijo a una muerte casi segura, y desde entonces ya nada fue igual. En la Muralla, número 33, sentada tras un ventanal del segundo piso y con la mirada ausente posada sobre la mar, la madre esperó el regreso de su hijo el resto de su vida; pero lo hizo sola, pues el cónsul moriría unos meses más tarde. Dicen que se suicidó por no poder soportar la ausencia del hijo.

Dicen también que hay noches en las que en esa casa se oyen lamentos y, a veces, se ve una mujer tras la ventana, esperando.

 

Imagen 2: boda del cónsul y María Oliva en los años 20.

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