El sonido de las lápidas o el sonido de la muerte

Arqueología

Santi García (30/12/2018 21:20)

Para un arqueólogo las piedras «hablan». ¡Sí! Han oído bien: las piedras hablan…; y si sabemos escuchar podremos sorprendernos de lo que nos cuentan y nos dicen. En este sentido vamos a centrarnos en las piedras más grandes que se nos han ocurrido. ¿Cuáles son? Es Obvio, las inscripciones en piedra de la necrópolis republicana e imperial de Cartaganova. ¿No saben dónde están? Seguro que han pasado mil veces por allí y ni lo han notado. Hablamos de lo que hoy es Torreciega y que, al menos hasta lo que conocemos, se extendería hasta La Aparecida.

Muchos pensarán que allí no hay nada visible y sólo queda el famoso monumento de Torreciega, de los pocos ejemplos de «Opus Incertum» (en retículas de rombos) de toda Hispania. Están en lo cierto…no se ve nada; pero que no se vea nada no significa que «no hubiera nada». Ahí es donde entra, como diría mi buen amigo y colega Javier García del Toro, «el ojo arqueológico» o, en lo que nos ocupa en estas líneas, el «oído arqueológico» de esos locos jóvenes que se pasan el día al sol con la brochita…; también es cierto que para llegar a la «brochita» primero han tenido que tirar de picos, palas, legones y carretillas durante varias semanas.

Volviendo a nuestro tema de nuestras piedras parlantes, el lugar donde nos hablan a gritos es en el Museo Arqueológico Municipal de Cartagena. Ahí es donde nos situaremos y en donde, si me permiten, voy a contarles tres historias fascinantes.

La Primera Liberta de Cartagonova

En la sociedad romana era muy común que un patricio tuviera esclavos. Éstos podían ser autóctonos del lugar o prisioneros de guerra que en un determinado momento fueron comprados por su señor. A partir de ese instante pasan a formar parte de los «objetos» de ese señor, dejando a un lado su vida, su familia y sus costumbres. Conocemos casos de hijos de estos esclavos que ya nacen esclavos. En función del poder adquisitivo del patricio la vida «esclava» era muy llevable, aunque siempre sin identidad propia; posiblemente fueran tratados como de la familia, al igual que un animal doméstico o un objeto.

En muy pocos casos el esclavo podría comprar su libertad: pagándola con dinero (porque cobraban por sus trabajos) o en especie. Y en muchísimos menos casos una mujer era la que compraba esa libertad. Éste es el caso que nos ocupa en esta inscripción (imágenes 1 y 2) que, por la forma de la letra y los trazos, podemos situarla a principios del siglo I dC. En ella vemos cómo a Lucrecia, que fue sierva y después liberta de Cayo, se le desea salud en su otra vida.

Cayo debió ser un patricio muy magnánimo, pues conocemos a otra liberta suya (imagen 7), ésta con bastante poder económico que, en vida, mandó construirse un panteón para ella y para su madre. Sorprendente, ¿verdad? Sabemos que algunos libertos tuvieron que volver con sus antiguos dueños, pues no dispondrían de suficiente pecunia como para subsistir por su cuenta.

5 años y una vida

Ésta es una de esas historias que nunca queremos contar. Se trata del caso de un niño que murió a los cinco años de edad (imágenes 3 y 4), muy joven hasta para la sociedad romana con una esperanza de vida de 25 a 40 años.

El chaval se llamaba Quinto, de la gens Publicia y de la familia Heraclida; recordemos que en el nombre romano podemos hallar el praenomen (nombre de pila) que era similar al de sus antepasados, el nomen (la familia a la que pertenece) y el cognomen (el apellido). Los nombres en la antigua Cartagonova se les asignaba a los niños el octavo día de su nacimiento en un acto llamado dies lustricus, en el que se alzaba al niño en brazos (tollere filium) y se purificaba (iustrirare).

Se aprecia, además, un gran cariño y cuidado en la factura de la pieza: mármol blanco, símbolo de pureza con dos fórmulas en las que se le desea protección consagrando su espíritu a los Dioses Manes (los protectores de la familia) y buena vida allá donde esté («Que la tierra te sea leve», una fórmula similar a «Descanse en Paz»).

Los esposos

Que el amor va más allá de la muerte suena muy romántico, pero en este caso es totalmente cierto. En esta estela funeraria (imágenes 5 y 6) vemos la silueta de dos personas en una hornacina rematada con una roseta de cuatro pétalos. El esposo vivió 20 años y es la esposa quien manda realizar el monumento. De la familia de los Baebio, un nombre muy común entre los libertos de Cartagonova, esta inscripción puede datarse a mediados del siglo I dC y hemos de suponer que al fallecer ella se hiciera enterrar junto a su esposo, para poder estar juntos en la otra vida.

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